Nick Foles, un quarterback de ‘plasticuli’, héroe de la Super Bowl

Mariano Tovar

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Si alguien te cuenta que el football americano es sencillo, te engaña. Al contrario. Es complicadamente diabólico, rebuscadamente sofisticado, completamente inefable. Horrible. Sin embargo, no te agobies, porque al mismo tiempo está perfectamente a tu alcance. Por alguna razón extraña, si te sientas a verlo por primera vez, lo entiendes. Y un año después lo entiendes más, y así temporada tras temporada hasta que descubres que el football siempre te colma y nunca se abarca. Cuanto más lo conoces más complicado se vuelve hasta que terminas por escarbar en profundidades, pero no es necesario llegar tan abajo para disfrutar como un niño de once tipos intentando avanzar 10 yardas en cuatro intentos, y otros once dando la vida para pararlo en seco.

Dentro de esa asequible sofisticación, de esa complicada sencillez, hay frases hechas magníficas que describen con asombrosa puntería lo que se vive sobre un emparrillado de la NFL. “El football es una partida de ajedrez en el que las figuras son personas y el tablero un campo de césped”. Seguro que ésta ya la habíais escuchado con anterioridad, incluso aunque nunca hayáis visto un partido. Es totalmente cierto. La figura más importante de un equipo no es la del quarterback que conduce el ataque, ni la de ese gigante de la defensa que parece arengar a sus compañeros sedientos de sangre. Tampoco la del propietario que lo ve todo desde el cielo o la del general manager, máximo responsable de que los 53 jugadores que componen una plantilla estén precisamente ahí y no en otro vestuario. Todos ellos son prescindibles, casi intercambiables. Al final del día, el que tiene que coger todos los ingredientes y preparar un festín es el entrenador principal, que se ha rodeado antes de un consejo de sabios para completar un staff y preparar las pócimas que conviertan a su franquicia en la más poderosa de la NFL.

Da igual que las piezas del ajedrez del emparrillado estén hechas con jugadores de marfil o de ‘plasticuli’. La clave, el secreto, la diferencia, la marca el entrenador y su staff, y Nick Foles es un ejemplo de todo esto. La confirmación que hasta el soldadito de sobre de 50 céntimos puede ganar una batalla en el mundo de los mayores.


La implosión de los Eagles

Cuando Foles fue elegido por los Philadelphia Eagles en el draft de 2012 la franquicia languidecía. Su entrenador Andy Reid había convertido al equipo en el referente de la Conferencia Nacional durante una década, pero nunca había puesto la guinda. Montó un equipo magnífico con McNabb como quarterback y una defensa pasmosa, pero su límite de incompetencia estaba en las finales de conferencia, y en una triste Super Bowl que perdieron contra los Patriots.

Pero en 2012, año de la llegada de Foles, los años dorados eran parte del pasado. A Reid le habían engañado colocándole como quarterback a un Michael Vick recién salido de la cárcel donde había pasado dos años por organizar peleas de perros, el entrenador era cada vez más cuestionado y todo terminó por saltar por los aires cuando su hijo, Garrett Reid, murió víctima de una sobredosis de heroína.

Nick Foles llegó a la NFL en ese río revuelto. Elegido en tercera ronda de un draft de 2012 que debería pasar a la historia de los Eagles porque en él llegaron Fletcher Cox, Mychal Kendricks, Vinny Curry y el mismo Foles, un póker que seis años después ha sido decisivo para la consecución del anillo. En esos Eagles que se derrumbaban, Foles tuvo que ser titular casi de inmediato, desde la semana nueve porque, sencillamente, no había otro; que en el fondo ha sido más o menos el sino del jugador en su trayectoria como profesional. Foles saltaba al campo porque no había más de quien tirar.

Durante toda esa temporada Andy Reid fue como un alma en pena que se paseaba por la banda de los Eagles, ensimismado, sin soluciones para su equipo ni para recuperar su vida destrozada por la tragedia. Ni siquiera debió dedicarle muchas miradas a Foles, un parche, sin saber que unos años después pasaría a la historia de la franquicia de Filadelfia con letras más brillantes que las suyas, tras unos playoffs inolvidables. Después de solo cuatro victorias en dieciséis partidos, Reid se fue a reencontrar su vida a Kansas City y los Eagles se encontraron vacíos, sin futuro, necesitados de un milagro que les devolviera a la vida.


Foles es perfecto con Kelly

Y el milagro llegó. Se llamaba Chip Kelly, un genial entrenador que había ganado casi todas las partidas de ajedrez posibles en la NCAA, revolucionando el football universitario, y que llegaba a la NFL para hacer lo mismo en el mundo profesional. Y ahí explotó Foles en 2013 para jugar su mejor temporada y aparecer como el posible quarterback franquicia que necesitaban lo Eagles. Con un partido perfecto en el que lanzó siete pases de touchdown y consiguió un rating de 158,3, el máximo posible, y muchas otras actuaciones que rozaron la excelencia. Pero al mismo tiempo que el proyecto de Kelly languidecía, imposible de ser implantado con éxito en el mundo profesional, las actuaciones de Foles fueron perdiendo la magia. Mediada la temporada 2014 su juego ya era errático, su clavícula se rompió, y terminó por abandonar la franquicia para siempre… o al menos eso parecía.

Durante los siguientes dos años Foles demostró en los Rams que no podía ser quarterback titular en la NFL y en los Chiefs que podría ser un extraordinario quarterback suplente. Y todos nos lo creímos, incluso él mismo, que incluso se planteó la retirada para dedicarse a su familia, y adelantar su plan de convertirse en pastor de almas y predicar su fe cristiana por esos mundos de Dios, algo que ha asegurado que hará en el momento en que deje la NFL.

Aunque los caminos divinos puedan ser edificantes, a la familia hay que darla de comer, y más si tu mujer está esperando tu primer hijo. Y Foles decidió aparcar su vocación algún tiempo y hacer caja como suplente de Wentz en los nuevos Eagles. El hijo pródigo volvía a casa ya sin la ambición de ser cabeza de ratón, y satisfecho de convertirse en la cola del león en que es estaban convirtiendo los nuevos Eagles al mando de Doug Pederson.


El mejor jugador del partido decisivo


Nick Foles tras ganar a los Patriots


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Nick Foles tras ganar a los Patriots
TIMOTHY A. CLARY (AFP)

Lo que él menos se esperaba es que el 10 de diciembre contra Los Angeles Rams Carson Wentz iba a caer lesionado para toda la temporada y él, tres años después, iba a recuperar el mando del ataque de los Eagles, el equipo en el que había jugado sus mejores partidos. El uniforme con el que una vez soñó que triunfaría en la NFL.

Eso nos lleva al principio. Al deporte complicado convertido en partida de ajedrez. Al entrenador principal capaz de hacer un jaque al pastor a un rival que juega con piezas de marfil. Y Foles, que en diciembre parecía una reina de ‘plasticuli’, reinó como figura bañada en oro en la Super Bowl LII. Predicando con pases geniales en el desierto e incluso atreviéndose a proponer un mate de fantasía a su entrenador, que aceptó su idea descabellada de convertirse en receptor por un instante.

Ahora, unos días después, Nick Foles vuelve a ser un quarterback suplente, una ficha de platiculi que el año que viene ganará 7 millones de dólares, 20 menos al año que el quarteback mejor pagado de la NFL. Un contrato de risa para un ganador del MVP de la Super Bowl ante los Patriots. El quarterback que venció a Tom Brady en un duelo de pistoleros.

Si alguien te cuenta que el football americano es sencillo, te engaña. Al contrario. Es complicadamente diabólico, rebuscadamente sofisticado, completamente inefable. Horrible. Hasta el punto que el peor jugador imaginable puede convertirse en el mejor en un instante. ¿Y quién no querría ahora fichar a Foles?

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